reflorando en tonadas la vida con su aliento.
Con las palábras y su milagreria,
ponía en cada corazón la primavera
y el árbol fundamental de la ternura
crecía en el pecho de todo el que lo oyera.
Con la harina leudal de su poesía
amasó el pan con el que la grey desheredada
sació su hambre de cantar, fué en esa hora
en que un cimbrón sacudía al continente
que entre sables e incienso se extinguía.
Él predijo el futuro que aún silencian
y nos dejó convencidos de la aurora.
Le quitó mordaza a la guitarra sometida,
en su vientre fundó un panal y América irredenta,
voló con las alas de seda de cuecas y de zambas,
zumba que zumba, libando en la alegría.
Preñó con esa miel de la esperanza
el corazón del pueblo soñando un nuevo día.
Niñeando alguna travesura,
aquel hombrón, boxeador y canillita,
jornalero, curtido a desamparos,
sacaba de su alma -nido de colibríes-
redonda como un sol, una caricia
o te fundía en abrazos al acero de su pecho.
El vino del destierro nos unió allá lejos,
adoloridos por la misma ausencia.
Miga a miga juntábamos memoria y la consigna
siempre fué el regreso.
Nuestro país de la luz no cuajó nunca,
pero cantarlo no fué ningún juego.
Las sombras rodearon las gargantas,
por las dudas, a punta de silencios.
Fué por entonces que nos juramentamos,
a una y mil veces, soñarlo de nuevo.
RAFAEL AMOR


