El musgo de la cárcel, voraz termita de humedades,
socavó tus pulmones en cavernas de asfixia y sangre.
Mientras el íncubo probaba pedestales
te morías de carne enfebrecida y soledades.
Hay quien levanta mausoleos, cruces,
mojones de sus despojos para cuando sucumban
y los que perviven en el amor y nadie pregunta por sus tumbas.
Una larga mordaza de cajón y tachaduras
de mezquinas harpías de la historia,
ciegas y espectrales de vivir a oscuras
no han podido con tu luz ni tu memoria,
esqueléticas, grises, pellejudas,
se retuercen heladas en las sombras,
pero en el alma del pueblo hay una rosa
que aromosa florece si te nombra.
Rafael Amor. 28/10/10


